Mi cajón de cosas

Miguel Ángel Lucas

Hijos de la luz – Capítulo 3

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HIJOS DE LA LUZ – CAPÍTULO 3

Miguel Ángel Lucas

 

Marduk entra, y, como todos los días, desde que la niña despertó, se sienta en el borde de la cama. Lleva una bandeja con comida, la pone cerca de la niña que permanece sentada en la almohada, en silencio, sin moverse. Marduk también se lleva comida para él. Ya han perdido la cuenta de los días que lleva haciendo esto. La niña casi no come, nunca ha hablado, muchos ya la han dado por perdida. Marduk no.

—Esto está riquísimo. —Da un bocado a una especie de pastel—. Una vez lo pruebes, no vas a poder parar. —La niña, como todos los días, solo lo observa, callada, asustada. Marduk saca un cuento y comienza a leerlo.

Día a día, la niña se atrevía a mirar un poquito más a Marduk, le prestaba algo más de atención, se iba sintiendo más tranquila. Hoy se mueve, y se pone en su regazo a escuchar el cuento. Es algo inaudito. A Marduk eso le alegra enormemente, pero no se deja llevar, y le sigue contando el cuento con cuidado, con mimo, con dulzura. La niña está tranquila. Por primera vez, parece una niña de verdad. El cuento acaba.

—¿Recuerdas mi nombre? Es Marduk —Sonríe a la niña—. ¿Cuál es el tuyo? —Ella se atreve a hablar.

—Lena. —La pronunciación de esas palabras es claramente en demonio, no debe de ser su nombre real, pero así la llamarán. La niña comienza a llorar, como si un interruptor se hubiese activado, como si lo que la había mantenido reprimida tantos y tantos días, ya no estuviera. Marduk la abraza, con cariño, con fuerza. Un abrazo que devuelve a la niña al mundo, un abrazo que nunca olvidará.

 

 

Como hace veintiún años, Lena camina sola, perdida. El espacio es completamente negro, sin bordes, sin suelo y sin horizonte.

Si mira hacia un lado, en la distancia, puede percibir el claro donde acaba de estar, donde acaba de estallar. Si mira al otro, también lejos, ve una luz blanca, se distingue un palacio blanco, grande. La sensación que le transmite la luz y el palacio es de paz, de descanso y de tranquilidad, es la sensación de regresar a casa, a su verdadera casa. Así que, atraída por la luz se dirige allí.

Cuando va caminando hacia el palacio, en la distancia, distingue un banco con alguien sentado. La figura se levanta para recibirla. De forma parecida al ejecutor visto en el túnel, sus ojos son rojo esmeralda, brillantes. Tiene marcas negras de infectado. Es imponente. Lena corre hacia él, y cuando llega lo abraza con todas las fuerzas que tiene, mientras llora. Él no dice nada, solo le devuelve el abrazo, y espera pacientemente a que se tranquilice. Cuando se separan, se sientan en el banco. Con un dedo, le limpia las lágrimas de la mejilla.

—Pequeña… —Habla en demonio, su pronunciación se parece a Lena. Hacía tiempo que ella no escuchaba así la pronunciación de su nombre y eso la emociona. Lena lo mira, con una mezcla entre pena y alegría.

—Te he echado tanto de menos. —Lena cierra los ojos, el agotamiento psicológico que sufre es algo que no se puede explicar—. No puedo más…

—Lo sé, pequeña. —Su voz grave la tranquiliza, le da paz. La presencia de Odhin siempre lo hizo, siempre la hacía sentir segura, completa, hasta que ya no estuvo más—. Pero tienes que elegir. —El ejecutor mira a la luz, al palacio, y luego al otro lado, donde se puede percibir el claro donde acaba de estar, donde están sus amigos.

Lena le da un último abrazo, un abrazo de despedida, y se levanta. Comienza a caminar hacia la luz, hacia el palacio blanco, hacia su casa. Puede ver a Marduk, a sus padres, a todos los sacrificios en su camino esperándola en la entrada, esperando para despedirse, para que todo acabe, para que puedan descansar. Lo está deseando. Al poco de avanzar oye la voz de Odhin, que sigue sentado en el banco.

—¿Estás segura pequeña? —Su tono de voz indica que no la cuestionará, decida lo que decida.

—Sí, quiero descansar, quiero poder despedirme y no llorar más. —Lena se encoge un poco, habla como alguien que ha perdido todas las fuerzas, destrozado, resignado — No puedo más.

—El mundo se rige por un equilibrio. —Odhin habla sentado, quiere que Lena valore todo antes de tomar una decisión—. La oscuridad necesita luz, y la luz necesita oscuridad. Para crear luz, se necesita oscuridad. Tú me lo enseñaste. Y ahora el equilibrio está roto. Sé que has venido para restaurarlo, lo supe aquel día, el día que me despertaste. —La voz de Odhin transmite melancolía—. Por favor Pequeña.

No te rindas

 

TUNESIA

La luz sobre sus cabezas les da algo de tranquilidad. Pero no paran, no con Lena en ese estado. Tienen que llegar a Tunesia, tienen que buscar ayuda. Nadie habla. Airo va primero, conoce el camino.

Hace una señal a Ethan, que se acerca. Habla en voz baja, para no preocupar a los demás.

—Nos estaban esperando, y me parece mucha casualidad que un ejecutor nos encontrara tan rápido. —Airo habla pensativo.

—Lo sé, como en la recolección del fruto. —Ethan lleva rato pensándolo.

—En cuanto lleguemos a la farola hay que escribir un mensaje confidencial a Reynorld. —Ethan asiente a Airo, justo antes de que un sonido de caballos los alerte.

Se paran, sacan sus armas, ya no saben qué puede pasar. Soldados a caballo aparecen, el soldado que parece el líder del grupo por su vestimenta, se baja del caballo y se dirige a ellos corriendo. Ve a un grupo destrozado. Están heridos, cansados, sucios. Ve a Lena en los brazos de Gerd.  Airo no enfunda.

—Hola. —El soldado saluda con respeto—. Soy Gabriel, hijo de Ridas. —Ridas es el gobernante actual de Tunesia—. Vimos la explosión de luz. —Mira atónito hacia el cielo, vislumbrando la nueva esfera de luz—. Siento llegar tan tarde, venimos a por vosotros, debéis de estar agotados. —El chico se queda un segundo pensativo, como pensando si indicar el motivo de su excusa, prefiere no decir nada.

Airo mira al chico, es joven, con entusiasmo. Siempre ha tenido un don calando a la gente, y enfunda su arma, todos lo hacen.

 

 

Todas las zonas tienen una ciudad con el mismo nombre, donde está la farola. El camino hacia la ciudad de Tunesia no es largo, pero requiere una parada previa, por los caballos, y por Lena. A las pocas horas paran en un pueblo. La gente murmura cuando van pasando. La situación de la hija de la luz, de las farolas del norte y de la valentía de todo el grupo para cruzar por zona oscura ha corrido como la pólvora. El grupo ha sido bautizado por el pueblo con un nombre: Hijos de la luz. Algunos aplauden cuando pasan, otros llevan regalos, pero al ver el aspecto con el que han aparecido, muchos prefieren dejarles en paz.

Gabriel da órdenes a todos, es un chico con mucho ímpetu, y organiza muy bien.  Se permiten dejarles un par de horas para descansar, les reservan una casa para ellos. Mientras descansan, podrán preparar un carruaje para poder llevar a Lena e ir informando de su llegada. La dejan en una habitación y mandan llamar de forma urgente a un médico.

—Está tremendamente débil. —El médico le ha administrado unas hierbas, y ya está recogiendo sus cosas—. Se debate entre la vida y la muerte. Todo depende de ella, es algo en lo que no puedo ayudar.

El médico habla con Jaina, indicándole como tiene que darle los cuidados, y se marcha.

—Me quedaré aquí. —Liam está sentado al lado de la cama de Lena.

—¿Seguro? Yo puedo quedarme, te vendría bien descansar. —Jaina empatiza tanto con Lena que ha cogido cariño a Liam. Sabe que sufre.

—Sí. —Levanta su brazo—. Creo que es lo mejor para mantener esto lo más posible.

Jaina asiente. Cuando está saliendo para, sin darse la vuelta, sin mirar a Liam.

—Tenemos suerte de que estés aquí. —Jaina sabe que necesitarán toda la ayuda posible, y el estado de Liam no es bueno, su moral no es buena. Los deja solos. Liam mira al suelo, no está de acuerdo con lo que acaba de decir Jaina.

Lena tiene cara de sufrimiento. Liam se atreve y coge su mano, tiene ganas de llorar, pero no lo hace.

—Perdóname. —Liam sabe que está inconsciente y no se da cuenta, pero no es capaz de mirarla a la cara—. Yo… Me cambiaría por Marduk si pudiese, perdóname. —La sensación de Liam es difícil de describir. Se siente pequeño, impotente, abrumado. Lo que siente por Lena no es descriptible, está por encima de todo. Es tan grande, y él se siente tan pequeño, que lo aplasta. Duele y no puede soportarlo.

Al poco, Ethan, que pasaba por la puerta, ve a Liam con Lena y entra. Desde el túnel, Ethan lleva aguantándose, conteniéndose. Ya no puede más.

—No comprendo su apego a ti. —Liam se da cuenta de que ha entrado Ethan, y suelta la mano de Lena. No dice nada, solo mira al suelo, eso enfurece a Ethan. Se acerca a él, Liam permanece sentado.

—¡Levántate! —Liam hace caso, al fin y al cabo, sigue siendo su superior.

Ethan tiene la cara desencajada de ira, de pena, de dolor. La pérdida de Marduk le ha destrozado.

—Solo tenías que aprovechar la ocasión. —A Ethan le tiembla la voz. Ambos recuerdan el momento justo, el momento donde Liam falló—. Por tu culpa Marduk… —Ethan levanta el puño. Liam no lo mira, no es capaz. Si Ethan le pegase no se defendería, no lo intentaría.

—Tienes razón. —Liam habla, sin mirarlo, destrozado. Mira a Lena—. No merezco estar cerca de ella, ni cerca de vosotros. No merezco estar aquí. —Liam mira su brazo, el fruto. Es su condena, su atadura. Quiere que Ethan entienda la razón por la que sigue aquí, por la que no se ha ido.

Ethan se da cuenta de que se ha dejado llevar. Mira a Lena, ajena a ellos. Se tranquiliza y se marcha, sin decir nada. Liam no deja de mirar su brazo.

 

 

Jaina se dispone a irse a descansar un poco, pero al pasar cerca de un salón ve a Airo sentado en una mesa. Ha puesto dos vasos de licor, está bebiendo de uno. Entra al salón, Airo se percata de la presencia de Jaina. Ella coge la botella y se sirve un tercer vaso. El otro, no es para ella.

Se sienta cerca de Airo. Los dos brindan, entre ellos y con el tercer vaso.

—Por Marduk. —Beben, a Jaina le cuesta mantener el tipo después de abrasarse la garganta, pero lo consigue.

—Y ahora, ¿Qué? —Jaina pregunta a Airo, que está pensativo. La elección de Airo por parte de Marduk fue muy acertada, es un pilar, cuando todo se tambalea él sigue ahí.

—Encenderemos la farola, protegeremos a Lena. —Airo intenta que no se perciba su tristeza. Mira a Jaina, está muy preocupada por Lena y es evidente. Le pone la mano en el hombro—. Tranquila, despertará. Es Lena, es la hija de la luz, ¿Cuándo nos ha fallado?

Jaina sonríe, ojalá Airo tenga razón.

 

 

Continúan hacia Tunesia, llegan al mediodía a la ciudad. La gente sale a las calles a recibirlos. Normalmente, en las peregrinaciones, la ciudad de las farolas se transforma para recibir a los portadores de luz. La ciudad, sobre todo en la zona de la farola, se decora. Gentes vienen de toda la zona, como en la fiesta del recuerdo de Cúpula. Los mejores músicos de la zona tocan para todos. La peregrinación es motivo de fiesta, de alegría. Pero esta vez todo es raro, Tunesia no está decorada, las fiestas no han sido anunciadas. Esta vez nadie sabe qué hacer, se respira confusión, se respira miedo. Pero los hijos de la luz han venido, así que muchos salen a recibirlos. El camino hacia palacio es formado por personas que dejan espacio para que soldados y carruajes avancen. La gente está quieta. Unos han venido por curiosidad, otros por respeto, están de pie, viendo pasar al grupo con la guardia de Gabriel. El silencio es abrumador.

Alguien aplaude y ese pequeño aplauso se va contagiando, hasta que ese silencio se transforma en vítores, en alabanzas, en gritos. Eso ayuda al grupo a recuperar, aunque sea, un poco de moral, un poco de ilusión, a recordar por qué pelean.

Llegan a palacio, trasladan a Lena a una de las mejores habitaciones en el ala este, la zona más importante de palacio. Liam se queda con ella, no quiere separarse, no ahora que el fruto ha perdido fuerza. El palacio está lleno de soldados del ejército de Tunesia. Dos de ellos se quedan fuera de la habitación de Lena. Los soldados acompañan al grupo, guardan sus armas en la armería como es costumbre. Las dagas de Filo no las encuentran, ella no deja que las vean. El grupo se prepara para ir a la sala de audiencias.

Ethan saca algo de su bolsillo, y se lo pone en la mano a Filo.

—Toma, te lo has ganado, ya eres libre. —Ethan no dice más y se da la vuelta. Filo saca un pequeño frasco y lo observa al trasluz, lo aprieta con su mano, por fin lo tiene. El dinero no lo mira, no lo cuenta, le da igual.

—¿Qué es eso? —Annete ha estado observando.

—Métete en tus asuntos cerebrito. —Filo guarda el frasco—. Mira uno de esos libros tuyos tan geniales. —Annete no contesta, pero le saca la lengua.

—Y ahora, ¿Dónde vamos? —Annete pregunta a Airo, que ya se mueve.

—A ver a Ridas, el gobernador de Tunesia.

Llegan a la entrada de la sala de audiencia escoltados por soldados. La puerta está cerrada, Gabriel ha sido citado antes. Suenan voces dentro, no se distingue bien. Pese a la importancia del grupo tendrán que esperar. La organización humana en regiones después de la primera esfera ha crecido descontrolada, y aunque las zonas tienen bastante autonomía, supuestamente se rigen bajo un gobierno central, en Cúpula. Por encima de todo gobierno, están los portadores, son considerados prácticamente deidades y tienen un consejo propio. Se meten en pocas decisiones políticas, pero cuando lo hacen tienen la última palabra. Las diferentes zonas, determinadas cada una por su farola, son bastante heterogéneas. Tunesia es la región más clásica, es la que mantiene más diferencias entre clases sociales y lleva un gobierno más autoritario. Ridas es querido y temido por igual. Normalmente a los que lo adoran no les cae en gracia su hijo y al revés. Gabriel es considerado demasiado revolucionario por unas partes y un visionario por otras. Padre e hijo no se llevan bien.

Filo se adelanta, se acerca a hablar con uno de los soldados apostados en la puerta de la sala de audiencias. El soldado no le hace mucho caso, pero ella consigue sacarle alguna frase. Filo es capaz de mantener esa conversación de manera fluida mientras lleva a cabo su verdadero propósito, escuchar que pasa dentro.

—¡Te dije que no fueras! —La voz de Ridas tiene un enfado evidente—. ¡Teníais que esperar en el borde, no adentraros!

—Ellos eran pocos, necesitaban nuestra ayuda. —Gabriel habla sereno, tranquilo—. Nos mantuvimos en el borde, pero uno de mis exploradores me informó de que había visto mucho movimiento de demonios hacia la salida del paso, teníamos que ir.

—¡Teníais que quedaros! —Ridas se sienta en un ostentoso asiento que hace las veces de trono—. Tenías unas órdenes. —Se pone las manos en la cabeza, habla en tono más bajo, a Filo le cuesta percibirlo—. Ésta es la última vez que me desobedeces. Quedas relevado de tu puesto, vete.

Gabriel va a defenderse, pero se da cuenta de que su padre no va a escucharlo, así que se da la vuelta y sale por la puerta. Pasa al lado de Filo, de los demás, no se para, no los mira, solo se va.

Los guardias indican al grupo que ya puede pasar. Airo va al frente. La sala es grande, está pensada para impresionar al que esté debajo, para tener un sentimiento de pequeñez ante la persona a la que rindan cuentas, en este caso Ridas.

—Sed bienvenidos a mi hogar. —Ridas no habla suavemente, probablemente por el encuentro con su hijo.

—Gracias por su recibimiento. — Airo no se presenta, Ridas lo conoce, todos conocen a Airo. Fue uno de los máximos responsables del ejercito de la revolución contra los demonios, uno de los héroes más famosos, protagonista de historias que se cuentan por toda la región. Toda su fama es de antes de Lena, antes de la esfera. Airo sabe cómo tratar a un superior y se inclina, los demás le siguen. Filo y Gerd permanecen de pie—. Ha sido un viaje duro…

—Y estamos en unas condiciones difíciles. —Ridas le interrumpe y se pone de pie.— La portadora al borde de la muerte y el fruto en otra persona. ¿Podrá cargar la farola?

Annete se adelanta.

—Sí, Liam podrá, yo puedo ayudarle a hacerlo, conozco el procedimiento. —Annete se pone nerviosa ante personas de una posición superior y le tiembla un poco la voz.

Ridas se queda de pie, pensativo.

—Entonces se hará la carga al anochecer, después del acto de preparación. —Antes de una carga hay una ceremonia, llamada de preparación, que se realiza siempre, más por estética que por necesidad.

—Pero, no es necesario el acto de preparación. Deberíamos ir cuanto antes. Aún quedan bastantes horas y vamos contrarreloj, tenemos que ir a Angelare. —Jaina interviene, no entiende nada.

—¿A Angelare? —Ridas ríe ligeramente—. ¿Con la portadora en ese estado?, ¿Con el fruto casi agotado? —Se vuelve a sentar—. Ya hemos avisado de vuestro fracaso para que comience la evacuación de Angelare y Ursia, muchos vendrán aquí, tenemos mucho trabajo por delante.

Ethan busca a Filo con la mirada, le asusta que responda a la provocación de Ridas. La ve absorta, completamente ajena a lo que Ridas está contando, mirando a otra parte, así que se tranquiliza. Ridas continúa hablando.

—El acto de preparación es importante, la gente necesita que nuestras tradiciones se mantengan para que les transmitamos seguridad, serenidad y tranquilidad. —Un sirviente de Ridas se atreve a acercarse y  decirle algo al oído, interrumpiendo la reunión—. Seréis tratados con todas las comodidades, como os merecéis. —Ridas les indica que abandonen la sala con un gesto—. Y ahora por favor, hay mucho que hacer.

Abandonan la sala con un sentimiento agrio. Al salir, Jaina comprueba que Filo no está.

—¿Y Filo? —Jaina pregunta a los demás, no se ha dado cuenta de cuándo se ha ido, nadie lo ha hecho. Si Filo quiere, es invisible.

—Ya tiene su pago y no tiene que quedarse. Ya nada la retiene. No me sorprende. —Ethan responde tajantemente, aunque se ve que no le gusta lo que él mismo dice. Jaina para, duda, a ella sí le sorprende.

Los soldados acompañan al grupo a otra zona de palacio, a sus aposentos. A Gerd le llevan a uno más lejano, necesita una habitación más acorde a su tamaño, así que se separan. Airo hace rato que tomó las riendas del grupo, les ha dicho que descansen y les ha citado más tarde fuera para hablar. Algo no le cuadra. Van a descansar un poco.

 

 

¿Aún sigues dormido?

La niña se acerca a un grupo de niños, tres de ellos, ya algo mayores, están pegando a uno, de unos cinco años. Está en el suelo, encogido, con la cara tapada con sus manos, quieto, intentando aguantar hasta que todo pase.

—¿Por qué le pegáis? —La niña está cerca de ellos, asombrada, los mira sin entenderlo.

—Métete en tus asuntos mocosa. —El niño más grande, el aparente líder del grupo, sigue pegando al pequeño sin mirar a la niña.

—¿Por qué le pegáis? —La respuesta no ha convencido a la niña, sigue confundida.

El grande se da la vuelta y se acerca a ella amenazante, con el puño en alto, intentando espantarla. Ella no se inmuta, ni una gota de miedo la invade. El niño se para confundido y contesta.

—¿No lo ves? ¡Es un demonio! —Señala la cara del niño. Entre lágrimas y a través de los dedos se pueden ver sus ojos, rojos.

—¿Y qué? —La niña sigue sin entender nada, está sacando de quicio a los tres abusones.

—¿Y qué? —grita—. ¡Luego crecerá!, mi padre dice que será como ellos.

—¿Cómo quiénes? —La niña sigue buscando explicación a lo que ocurre.

—¡Como los demonios! —Los niños han parado de pegar, están confundidos, alterados por la impertinencia de la niña que no parará.

—¿Y qué? —La niña habla tranquila, el niño que está tumbado en el suelo la mira callado, con ojos llenos de lágrimas, con mirada de agradecimiento, ella le sonríe, una sonrisa que nunca olvidará.

—¡¿Eres idiota?!, ¡pues que será como ellos, malo! ¡Los demonios nos hacen sufrir! —El abusón está sumamente convencido de lo que dice, de sus razones, no entiende cómo la niña está cuestionándolo.

—Entonces, tú eres un demonio. —La niña tiene cara de pensativa, está sacando conclusiones.

—Pero ¡¿Qué estás diciendo?! —El niño no da crédito, no entiende nada.

—Sí, le estás haciendo sufrir a él. Eres un demonio, ¿Por qué no te pegas a ti mismo? —Los niños se quedan callados, su cabeza les va a estallar. En estas ocasiones, la mayoría de la gente se bloquea y da la espalda a la razón, ellos hacen igual.

—¡Vete de aquí mocosa! —El grande vuelve a dar patadas al niño que está en el suelo, los otros dos lo siguen como buenos perros falderos. La niña sigue sin entenderlo.

—Parad, por favor. —La niña se va acercando a ellos, nadie le hace caso—. Que paréis. —Los niños siguen en su tarea—. ¡¡¡Que paréis!!! —Un impulso de luz lanza a los tres abusones varios metros hacia atrás, cayendo de espaldas. El silencio se hace. La gente más cercana se calla. La niña ha dado su primera muestra de luz. Está condenada.

Una mujer que venía desde el fondo empieza a correr hacia la niña con la cara pálida, con el miedo en su rostro.

—No, no, no, no. —La mujer coge a la niña en brazos—. Mi niña no, ¡mi hija no! —La mujer abraza a la niña con fuerza, llorando, desesperada. Mira a la gente más cercana—. ¡¡Ayudadme por favor!! —Sabe que ellos ya lo habrán percibido, estarán viniendo. Nadie le hace caso, puertas y ventanas se cierran, la gente mira para otro lado, todos se van. La mujer coge a la niña y corre, se va.

El niño se ha quedado solo. Se levanta dolorido, no ha podido darle las gracias, le invade una pena interminable al pensar que no la va a volver a ver. Se equivoca.

 

 

Liam despierta, sin querer se ha quedado dormido en su silla, al lado de Lena. La mira nervioso, por si algo hubiese cambiado. Todo sigue igual. Se rasca el fruto en su brazo, fuerte, ¿por qué sigue ahí?, sangra algo.

—Te vas a hacer daño. —Liam para en seco, Lena lo está mirando sonriente. No se ha rendido, la hija de la luz ha vuelto—. ¿Estamos en Tunesia?

Liam se queda por unos segundos callado, boquiabierto. Quiere abrazarla, después de todo lo sucedido esto es increíblemente bueno. Tantas sensaciones bloquean a Liam que solo tartamudea.

—S… sí. —Los ojos de Liam relucen más que de costumbre, han estado un poco vidriosos, se sacude la cabeza—. ¿Estás bien?, ¿Te encuentras bien? Airo nos dijo que la última vez estuviste un mes así.

—Sí, eso creo. —Se incorpora un poco—. Esta vez … —Lena ya no es una niña perdida en el vacío y ha tenido ayuda. Pero no cuenta nada de eso y cambia de tema—. Es extraño… — Se mira la mano, se acaba de dar cuenta de algo—. No tengo luz. —Lena tiene cara de preocupación, como si no hubiese sentido esto nunca.

Unos soldados de palacio entran e interrumpen.

—Señor, tiene que venir con nosotros. —Se dirigen a Liam. Al ver a Lena despierta uno se marcha, para avisar.

—¿A dónde? —Liam no se levanta de su silla.

—Ridas requiere su presencia, tiene que ver con el fruto. —El soldado está algo nervioso.

—Estoy bien aquí. —Liam no piensa separarse de Lena.

Entran más soldados.

—Tiene que acompañarnos, es importante. —Un soldado de mayor tamaño avanza hacia Liam.

—Ve, tranquilo, estaré bien —Lena se está estirando, está agarrotada. Liam la mira, sigue sin levantarse.

—Ve, tonto —Mira a Liam sonriendo, con los ojos cerrados.

Liam se levanta de mala gana y acompaña a los soldados, al salir puede escuchar a Lena hablando con uno de los soldados antes de que se cierre la puerta.

—Un poco de agua no me mataría.

La puerta se cierra. cuatro soldados acompañan a Liam.

 

 

Airo está en la misma habitación que Ethan. Airo le habla.

—Tengo que conseguir enviar un mensaje, algo no me cuadra. —Airo lleva un rato pensativo.

Ethan mira a través de la ventana.

—El problema es que, si se lo damos a Ridas, no sabemos por qué manos pasará ese mensaje.

Hay bastantes soldados en este palacio, hay mucho movimiento. La ventana tiene barrotes. Es una planta baja, puede ser por seguridad. A Ethan le parece extraño, se está dando cuenta.

—Por eso tenemos que ir nosotros, cuanto antes. Vamos a llamar al resto. —contesta Airo, que se dispone a salir. La puerta no se abre—. Pero qué coño… —Airo empieza aporrear la puerta, una puerta gruesa y robusta, no va a ceder.

Ethan llama la atención de Airo.

—Nos han encerrado. —Señala a la ventana—. Esos hijos de puta nos han encerrado y no tenemos nuestras armas.

Ambos piensan en Lena, empiezan a buscar la manera de salir.

 

 

Gerd empieza a despertar, cuatro soldados lo llevan, ya lo están metiendo en una celda.

— ¡Se está despertando! ¡Pero si le hemos dado una dosis de caballo! — El soldado de palacio que habla está claramente alterado, asustado.

Gerd tarda en darse cuenta hasta que lo comprende, le habían drogado, pero no contaban con su aguante y su corpulencia. En menos de un segundo ha tirado a un soldado contra la pared del interior de la celda, no se levantará. Uno de los que está fuera intenta cerrar la celda con Gerd dentro, pero él mete el brazo entre medias. El soldado ha cerrado la puerta de hierro con todas sus fuerzas posibles, eso habría partido el brazo a cualquiera. Pero Gerd no se ha inmutado. Abre la puerta. Los tres soldados sacan sus armas. Él no tiene armas, no las necesita. Los soldados tardan un segundo en pensar cómo van a atacar a su imponente objetivo, pero Gerd no tarda, no duda, se lanza a por ellos. Coge el brazo de un soldado, el que sujeta la espada y, balanceando el cuerpo entero del soldado mientras el brazo cruje, lo tira contra los otros dos. En pocos segundos los cuatro soldados, muertos o inconscientes, están dentro de la celda que era para él.

No entiende nada, pero sale en busca de los demás.

 

 

Liam camina con los soldados, por la primera planta. Va pensativo. Al entrar en una zona donde no hay nadie, Liam percibe algo, se aparta.

La espada de uno de los soldados falla, ¿Por qué lo atacan? Todos van a por él. Liam no pierde el tiempo, esquiva, hasta que consigue coger el brazo de uno de ellos. Usa su cabeza para golpear la del soldado y le quita la espada. Como en un baile esquiva todos los ataques acabando con uno de ellos, pero suenan pasos, más soldados vienen por uno de los lados. Piensa escapar hacia Lena, tiene que ir hacia Lena, tiene que ir a protegerla, pero cuando se da la vuelta más soldados están viniendo desde el otro lado, atraídos por el ruido. Son demasiados, no podrá con todos. Tiene que buscar a los demás, tienen que sacar a Lena de ahí. Así que toma la única salida posible, Salta rompiendo la vidriera, hacia el exterior. Sin saber que hay al otro lado.

 

 

Ha pasado un buen rato desde que Liam se fue. Lena está preocupada, ha escuchado ruidos. Se mira las manos, su ausencia de luz parece un problema grande. Se levanta, va a salir a buscar a los demás, para entender que está pasando. Le cuesta andar. El soldado no se quita.

—No me habéis traído agua. —Lena habla fríamente, está enfadada—. Déjame salir, ya.

El soldado va a contestarle, pero justo entran dos personas, no parecen soldados, aunque llevan peto de cuero y van armados. El soldado se aparta rápidamente, y respira, aliviado.

—Veníamos a trasladarte, ya que estás despierta, puedes venir tú.

Lena sigue a los dos hombres, al menos podrá salir. Le duele el cuerpo, está muy débil, así que va poco a poco. Cuando va andando percibe algo. Nota olor a demonio en ellos, como si hubiesen estado cerca de algunos hace poco. Podrían ser incursores, podría ser normal, pero no le gusta. Se para.

—¿Cuándo vamos a cargar la farola? Tenemos que continuar, ¿Dónde están mis amigos?

Los hombres no contestan a sus preguntas.

—Muévete, tenemos que seguir.

Lena es una autoridad en sí misma, si quisiera, podría darle órdenes a Ridas, así que no permite esa actitud.

—Te he hecho una pregunta, contesta ahora mismo. —La cara de Lena ha cambiado, su gesto de niña inocente se ha transformado en autoridad.

El hombre se da la vuelta y le golpea en la cara.

—Haznos esto fácil por favor. —El otro hombre la sujeta, con fuerza, pues ella intenta escapar.

Grita, ellos se ríen.

—Grita cuanto quieras, pero tu destino está escrito.

Lena se para, se queda quieta, empieza a comprender.

—Está bien. —Parece resignada. El hombre se confía, soltándola un poco, lo justo para que ella le quite un cuchillo de su cintura y se lo clave en el ojo.

—¡Puta! —El hombre grita de dolor. Lena corre hacia abajo por unas escaleras. Ambos salen rápidamente detrás de ella.

 

 

Airo está desesperado, cuando escucha algo al otro lado. Es difícil distinguirlo, pero ha sonado cómo algo cae al suelo. Su cerradura empieza a abrirse. Airo y Ethan se colocan rápidamente a los lados de la puerta, dispuestos a actuar con rapidez.

Filo entra, esquivando a Ethan.

—¡Oye! —Filo muestra su enfado—. ¿Así me recibes? Un gracias Filo, eres increíble Filo, como molas Filo, o algo así, no estaría de más, guapito.

Ethan se asoma, ve a los soldados, tumbados en el suelo. ¿Cómo ha hecho Filo para que casi no se la oiga?

—¿Dónde coño estabas? —Ethan no le da las gracias.

—Cuando todos jugabais a los estirados y las casitas, yo he seguido a un hombre que recibía instrucciones cuando hablabais con el Rodas ese. Escuché algo de Lena, y quise enterarme.

—Con Ridas. —Airo la corrige.

—Eso, con Rodas. —Filo lleva la daga todavía con algo de sangre. Airo la mira—. Qué pasa, he tenido que motivarlo a hablar.

Airo se echa a reír.

—Eres increíble, ¿Qué has descubierto?

—Llevaba esta nota a zona oscura. —Filo la saca, dándosela a Airo, la nota está escrita en demonio:

La portadora está aquí, os la llevaremos al anochecer. Cumpliremos lo prometido. La farola no se cargará

—Tenemos que ir a por los demás, y a por Lena. Rápido. —Airo busca algo para hacer de palanca en la puerta de los demás. Filo saca unas llaves y se las enseña, mientras las hace girar.

—Ya había pensado en eso. —La sonrisa y la pose de Filo mientras enseña las llaves es de triunfo.

Van a buscar al resto.

 

 

Lena corre, el hombre herido ya no la persigue, ha caído inconsciente. El otro la sigue, es rápido, ella está débil, correr le está costando un esfuerzo titánico. Bajan por las escaleras a un piso por debajo del suelo, ella no sabe dónde va. Cuando van por un pasillo, él deja de correr, no lo necesita. Sabe que por ahí no hay salida, es suya, ya casi la tiene. Ve como Lena gira la esquina, hacia un callejón cerrado, los calabozos no tienen salida.

Empieza a silbar, acercándose.

—Viva, dijeron que la llevase viva… —Sigue silbando—. Pero se resistió, la puta se resistió, no tuve más remedio que matarla. —El hombre está disfrutando con esto—. Es posible que nos lo pasemos bien antes, ¿Qué me dices preciosa?

Nadie contesta, pero puede oírla. Daga en mano el asesino gira la esquina, al final del camino, al callejón sin salida, a por su presa. Lo que el asesino sintió al girar la esquina, es lo que siente el cazador cazado, lo que siente el poderoso cuando es derrotado, lo que se siente al ver tu final, un final de más de dos metros y 187kg. Gerd lo golpea, haciéndolo volar contra la pared. El hombre se levanta, no intenta responder al ataque, solo intenta huir. Gerd corre detrás de él, lo alcanza. Agarra la mano que lleva la daga. Cruje, suenan todos los huesos de su mano, de su brazo, el dolor es inaguantable. La daga cae al suelo, el asesino grita hasta que prácticamente pierde la consciencia. Lo coge del cuello y lo levanta hasta el techo. Va a rematarlo.

—No, por favor. —Lena se acerca, lo coge del brazo—. Ya no es necesario.

Gerd no habría dudado ni un segundo en aplastar a esa cucaracha, habría disfrutado con ello. Lo ha hecho muchas veces, incluso a gente que no se lo merecía. Pero ya no es el mismo, no desde que tuvo un hijo, no desde que Lena lo ayudó. No la cuestiona y lo deja en el suelo. Hoy habrá un poquito menos de oscuridad.

Lena abraza a Gerd, dando gracias al destino por encontrarse. Ambos comienzan a abandonar los calabozos para buscar a los demás. Lena intenta andar, pero está muy débil. Cae de rodillas. Se intenta levantar.

—Un segundo, creo que pue… —No le da tiempo a acabar la frase. Gerd la coge en brazos, no parece costarle nada. No es la primera vez.

 

 

Liam ha acabado en lo que parece una especie de cocina. Oye a los soldados por fuera, lo buscan. No sabe qué hacer, tiene que encontrar a los demás, tienen que sacar a Lena de ahí, él solo no podrá.  Piensa en que la ha dejado sola, eso le atormenta. Pero algo ha quedado claro en varias ocasiones, parece que la quieren viva, reza porque eso siga siendo así. Liam pasó bastantes años vagando por el mundo, viviendo en las sombras, entrando furtivamente donde necesitaba. No lo verán.

Se mueve silencioso, poco a poco. La paciencia es la clave. Entra en una sala donde dormita un soldado. Ya no despertará más. A Liam se le ocurre una idea. Vestido de soldado de palacio, sale por los pasillos, pasará desapercibido, tiene que conseguirlo.

 

 

No tienen casi armas, así que van todo lo sigilosos que pueden. Annete va extremadamente asustada, pues el sigilo es posiblemente lo que peor se le da. Gracias a Filo, todos los que estaban en habitaciones contiguas se han juntado, van a ir a buscar a Lena, a Liam y a Gerd, aunque no saben dónde está este último. Tienen que salir de ese palacio.

Gerd y Lena aparecen. Todos respiran aliviados. No quieren hacer ruido, pero la alegría por ver a Lena despierta es evidente. Jaina y Lena se abrazan. Al terminar el reencuentro Lena mira hacia todos lados.

—¿Y Liam? —Lena pregunta mientras sigue mirando.

—Pensábamos que estaba contigo. —Jaina es lo último que sabe.

—Se lo llevaron antes de saber nada. —Lena está extremadamente preocupada. Aunque se lo imaginaba, la nota que Airo le enseña confirma la traición de Tunesia—. Tenemos que buscarlo, querrán apagar el fruto.

Antes de pensar aparecen varios soldados, los han visto.

—¡Están aquí!

Todos corren, salen por la puerta principal. Necesitan organizarse, necesitan armas. Ahora tienen que huir. Corren por el enorme patio de palacio. Cada vez más soldados van hacia su posición. Se puede ver la puerta de entrada principal, un portón de apertura con cadenas, que hace las veces de puente. Se está cerrando.

Gerd lleva a Lena en brazos, ella no podría correr. Llevan ventaja, pero es posible que la puerta se cierre antes de que lleguen. La rueda de apertura está al lado de la propia puerta, en una cornisa del piso superior, por la zona de dentro de la muralla, pero para subir hay que ir por encima de la muralla, por una escalera muy lejana, ninguno del grupo podría llegar allí.  El soldado que está girando la manivela para cerrar la puerta está agotado. Otro soldado se acerca a él.

—Espera, que te ayudo. —Se pone a su lado.

—Menos mal, creía que … —Antes de acabar la frase el soldado que acaba de llegar lo empuja hacia atrás, tirándolo hacia abajo.

La puerta comienza a abrirse. Nadie entiende nada, pero tienen que aprovechar la situación. Traspasan la puerta. El soldado que ha abierto la puerta se lanza desde arriba, un salto de seis metros. Cae rodando, y se levanta, para correr junto a ellos. Es Liam.

Todos huyen, han salido por la explanada principal que da acceso al castillo camino de la ciudad. Alrededor de cincuenta soldados de Tunesia les persiguen, tienen órdenes directas que tienen que cumplir. Filo, que va la primera, para en seco a mitad de camino.

—Mierda… —Todos paran, de frente unos treinta caballos vienen hacia ellos, todo lo rápido que pueden. El encuentro será inevitable, no tienen escapatoria.

El grupo rodea a Gerd, que tiene a Lena en brazos. Lena quiere bajarse, quiere entregarse. La ignoran. No tienen casi armas, pero no cederán. Al frente de los caballos se puede distinguir a Gabriel, avanzan muy rápido. El grupo ve claro sus intenciones cuando están cerca. Los caballos pasan de largo hacia su verdadero objetivo. Cargan con todo contra los otros soldados, en un encuentro brutal. La guardia de Gabriel está formada por guerreros muy capaces y su carga ha roto a los soldados en apenas segundos. Muchos soldados han tirado las armas. Gabriel mira al grupo desde lejos, sonriendo. Temía no llegar a tiempo.

Cuando los soldados de palacio se están rindiendo, se escucha un estruendo. Parte del ejercito de Tunesia aparece desde Palacio. Ridas los acompaña. Avanzan lentos y se paran. Desde la ciudad está viniendo gente, ciudadanos avisados por Gabriel. Portan armas, azadas, palas, lo que tienen. Se unen a Gabriel, se unen a los hijos de la luz.

Ridas habla desde su posición.

—Traicionado por mi propio hijo. —La voz de Ridas denota decepción y algo de tristeza.

—No padre, el que ha traicionado a la luz, a la gente, a todos, eres tú. —Gabriel tiene furia en su mirada.

—No entiendes nada, nunca lo has hecho. —Ridas agita la cabeza, quiere acercarse, pero mantiene la posición—. Todo va a cambiar, el ciclo se cumplirá, nos volverán a someter. Tengo que cuidar de mi gente, de ti, de Tunesia. —Parece evidente que esta decisión no ha sido fácil para él—. Si la entregamos, nos darán comodidades, podremos vivir. El único precio es ella. —Es evidente que se refiere a Lena—. La farola se apagará y seremos privilegiados en comparación con lo que le espera al resto.

—Podremos vivir… —Gabriel empieza a andar con su caballo, los soldados cercanos a Ridas se movilizan por lo que pueda pasar—. Sí, podremos vivir, ¡Como perros! —Gabriel ya no se dirige a su padre, se dirige a todos los presentes gritando todo lo que puede—. ¡Qué más da si sus amenazas son ciertas!, ¡Qué más da si nos van a someter! —Todos están callados dejando a Gabriel hablar—. ¡Qué vengan!, ¡Se encontrarán con personas libres, no con mascotas! —Algunos de los soldados tienen la duda en su mirada—. ¡Qué vengan! No seremos sus lacayos, ¡No cederemos! No se lo pondremos fácil. Y si nos derrotan, nos derrotarán como personas de verdad, ¡Como protectores de la luz! —Se para con el caballo—. Si nos rendimos ya habrán ganado. Todos los que lucharon por la luz, todos los que nos han dado esta vida, lo habrán hecho para nada. —Gabriel se baja del caballo y se coloca al lado de Lena, que está en el suelo, apoyada en Gerd—. ¡Tenéis que elegir!, yo ya he elegido, si hace falta moriré con gusto, moriré feliz. No pienso vivir así, ¡No pienso vivir en la oscuridad!, ¡No dejaré ese mundo a nuestros hijos!, ¡No seré un obstáculo en el camino de la salvación! Yo la elijo a ella, elijo la luz.

Los civiles armados se arremolinan alrededor de los hijos de la luz, no se apartarán.

Ridas va a contestar, pero ve como muchos de sus soldados, que ahora entienden la situación, empiezan a tirar las armas, no lucharán contra su gente, contra los ciudadanos de Tunesia, no traicionarán la luz, no traicionarán la vida. Ridas se queda prácticamente solo. No se queja, no intenta defenderse, quizás sea lo mejor. Respira aliviado, el peso que le han quitado de encima era demoledor. Acepta su destino. Se lo llevan.

 

 

Antes del acto de preparación de la carga de la farola, se improvisa una ceremonia de investidura. Lena ha aprobado la destitución y encierro de Ridas como gobernante de Tunesia, por traición. Un miembro del consejo, el más popular, le sustituirá. Gabriel ha rechazado el puesto. No hay secretos, todo el mundo sabe lo sucedido, todo el mundo conoce la traición de Tunesia. Aunque hay opiniones de todo tipo, en general, aplauden a su nuevo dirigente.

El acto de preparación comienza. La gente se coloca en la plaza que hay justo antes de la entrada a la farola. Normalmente hay música, hay celebración. Esta vez no. Algunos sacerdotes llevan vasijas, para la recolección del fruto gastado, las colocan en su sitio. El máximo sacerdote, responsable de los portadores de luz en Tunesia, bendice la carga de la Farola y tiene unas palabras para la gente. La zona está pensada para que la acústica sea la mejor posible. Cuando termina llama a Lena, que se coloca a su lado. Son viejos conocidos, se dan un abrazo.

Al final del acto de preparación, justo antes de la carga, los portadores siempre tienen unas palabras de motivación, de ilusión. Al fin y al cabo, son los ídolos de la gente.

Lena se coloca para hablar. Se hace un silencio absoluto. Ella tarda en comenzar a hablar. La gente permanece en silencio, nerviosa. Hoy su discurso no será motivador. Al cabo de un rato, levanta la mirada y habla.

—Hoy es un día triste. —Lena no transmite alegría, no transmite luz—. Hoy se ha perdido gente, da igual sus motivos, unos eran padres, otros hermanos, eran hijos de alguien. —Lena mira al suelo—. Hoy hemos perdido luz. —Vuelve a levantar la cabeza, tiene alguna lágrima en los ojos—. Cada vez que nos peleamos entre nosotros, ellos ganan. —La voz le empieza a temblar un poco. Jaina comienza a ir a por ella para llevársela de ahí. Lena siempre ha tenido mucha sensibilidad y todo lo que está pasando la está destrozando—. Cada vez que desconfiamos de nosotros, ellos ganan. —Jaina para a mitad de camino, la dejará terminar—. Cada vez que nos odiamos, que nos mentimos, —Lena ya llora de forma evidente— ellos ganan… —La voz triste y llorosa de Lena cala a cada persona que la está escuchando de forma devastadora—. Cada vez que dejamos que el miedo se apodere de nosotros ¡Ellos ganan! —Se tranquiliza un poco, deja de llorar y recupera la compostura—. Hoy es un día triste. Aunque no caminen entre nosotros, si dejamos que la oscuridad entre en nuestros corazones. Ellos ganan. —Su cara se ha transformado, transmite algo de ira, algo de impotencia—. Hoy, ellos han ganado. Nosotros, hemos perdido.

No dice más, se da la vuelta y se va, no espera aplausos, eso le da igual. Las palabras de Lena han entrado tan profundamente en todos los que la han escuchado, que el silencio sigue siendo absoluto. Esta noche, todos pensarán en ello, todos recordarán lo aquí dicho. Alguien grita, un grito aislado, un grito que se va contagiando, hasta que todos, absolutamente todos, alaban a la hija de la luz, gritan su nombre. Tunesia no volverá a dar la espalda a la luz.

Después de las palabras de Lena, Liam se junta con ella, por fin han llegado, por fin cargarán la farola. Lena va a su lado, lo acompañará, conoce el proceso a la perfección. Caminan hacia el núcleo de la farola donde se realiza la carga. Lena le agarra del brazo para caminar, como hacía con Marduk.

—Duele un poquito. —Lena le susurra al oído a Liam—. Si te parece bien, me quedaré a tu lado.

Pese a todo lo ocurrido últimamente, la sonrisa de Lena produce un intenso sentimiento en Liam, le trae paz, seguridad, no sabría explicarlo. Liam la mira, y asiente. ¿Cómo es capaz de hacerlo? ¿Cómo es capaz de transmitir esa seguridad, esa paz, esa ilusión, con todo lo que está pasando? Vuelve a sentirse como tantas otras veces, pequeño, la sensación de ser indigno. No puede evitarlo. Dos sacerdotes los acompañan, llevan unas vasijas consigo.

Llegan al núcleo. Una luz blanca, pura, ya bastante agotada, está dentro de una especie de cilindro de cristal. Un sacerdote abre una puerta.

Lena coge el brazo de Liam con mucho cariño, y lo introducen en el cilindro. Liam siente como si fuese absorbido, como si fuese drenado. El dolor es grande, pero aguanta. Nota que Lena, mientras le sujeta el brazo, tiene la cara apoyada en su espalda, con cariño. Eso le da fuerzas, aguanta mejor. La luz de la farola empieza a coger fuerza, se nota en la esfera de luz que sale de la ella, brilla con más intensidad, el núcleo de la farola recupera toda su capacidad. Del brazo de Liam empiezan a caer esferas metálicas pequeñas, sin luz, agotadas, desprendidas de su brazo. Los sacerdotes estaban preparados, las recogen todas en la vasija. El proceso ha terminado. La gente está aplaudiendo, gritando. Liam saca el brazo y, tanto el sacerdote como Lena, lo miran. Aún queda algo menos de la mitad de fruto en su piel, aún brilla. Uno de los sacerdotes habla.

—Es posible que haya suficiente para Angelare, aunque para Ursia será imposible —No se lo esperaban, ya habían dado Angelare por perdida.

El sacerdote sale corriendo para dar la noticia. Lena se dirige a Liam.

—Siento que sigas teniendo que llevar esta carga, gracias, por todo.

Liam no dice nada, piensa que Lena solo quiere infundirle ánimos. Lena coge la vasija que porta el sacerdote que se ha quedado con ellos y se la da a Liam

—Esto es para ti, al fin y al cabo, fuisteis uno. —Las esferas que Lena le ha dado a Liam, aunque son inútiles, son extremadamente valiosas. Los frutos son muy escasos y las esferas que quedan, cuando son agotadas, se usan para joyería y otros menesteres. Son tan exclusivos que se pagan unos precios muy altos. Con lo que Lena le ha dado a Liam podría comprarse una casa. Aunque eso le da igual, los guarda con ilusión, porque se los ha dado ella.

 

 

La tarde entera antes de la carga de la farola suele ser muy festiva, con todo tipo de bailes, celebraciones y banquetes. Después de la carga la fiesta suele continuar hasta el día siguiente. Es la fiesta más grande, sólo cada siete años. Hoy el ambiente es raro, la falta de preparación de Tunesia hace que la celebración sea agridulce. Gente ha salido a celebrarlo por su cuenta. Los hijos de la luz han sido invitados a un banquete improvisado.

Tienen tiempo para lavarse, para recuperarse un poco. Lena va a su habitación. Ha sido abastecida con todo lo que podría necesitar o querer. Tiene numerosa ropa y un baño preparado. La han dejado sola, es lo que ella ha pedido. Aprovecha para descansar. Cuando está en el baño se plantea no ir a la celebración, no tiene ánimos, no tiene ganas. Se cambia y se dispone a dormir. Está triste, desanimada. Cuando se tumba en la cama tiene una sensación, ve a Marduk sentado en el borde, como siempre hizo cuando ella lo necesitaba, cuando estaba triste. Se levanta de un salto. Pero él no está ahí. Ya nunca estará. Quiere llorar, pero decide no hacerlo. Ha decidido no rendirse, ha decidido que el sacrificio de Odhin y el sacrificio de Marduk sirvan para algo. Los echa de menos, eso no cambiará, pero no se rendirá. Liam viene a su mente, eso la hace sonreír. Se levanta. Irá a la fiesta a buscarlo, a estar con los demás. Así que busca un vestido, uno precioso, y sale.

 

 

Airo ha animado a todos a ir, no les vendrá mal un rato de reconocimiento, de subida de moral, de desconexión, así que intentarán pasárselo bien, en la medida de lo posible.

Jaina está con Filo en su habitación. Varias personas de servicio se mueven por la habitación, preparando todo lo que puedan necesitar, ayudándoles con la ropa, peinados, baño, o lo que sea.

—Pero qué dices. —Filo está atónita.

—Pues que esto es lo que se lleva. —Jaina pone uno de los posibles vestidos en la cama.

—Tú estás loca. —Filo vuelve a mirar el vestido—. Yo no me pongo esto. ¿Tú te pones estas cosas?

—Pues claro. —Jaina ya ha elegido el suyo.

—Pero si eres una guerrera increíble. —Filo tiene a Jaina en un pedestal—. Una guerrera no se pone estas cosas.

—¿Y qué tiene que ver? Yo hago lo que me da la gana. —Jaina se está cambiando—. Y tú deberías hacer lo que quisieras, ¿por qué no pruebas?

Filo no sabría explicar por qué, pero hace tiempo que no es la misma, es feliz, así que se deja llevar, hace caso a Jaina. No es tarea fácil, pero la preparan para la fiesta.

El salón elegido para el banquete es enorme, hay música. Hay comida por numerosas mesas con camareros pasando constantemente. La zona está muy bien iluminada. Flores decoran el salón con mucho gusto. Las mejores familias de Tunesia están aquí. Los invitados visten sus mejores galas. Tunesia se ha volcado en la fiesta de agradecimiento, se han volcado para atender a los hijos de la luz, para hacerles sentirse únicos, para pedirles perdón. Esta fiesta es para ellos.

Ethan se ha cambiado también, siempre le ha gustado ser el centro de atención, así que lleva un uniforme de gala, solo permitidos para aquellos que tienen un mínimo rango. Airo va bien vestido, pero normal, pese a su fama él no considera tener rango de nada.

Gerd ha tenido que usar un sastre personal contrarreloj, pero ha conseguido dejarle más que aceptable, aunque a él no le gusta. Ve que Jaina llega acompañada de otra chica, una muy guapa.

—Hola Jaina, estoy ridículo. —Abre los brazos para que vea como va, Jaina ríe ligeramente.

—Yo sí que estoy ridícula. —La chica al lado de Jaina habla, al escuchar su voz, Gerd la reconoce.

—¡Joder Filo! —Gerd ríe a carcajadas—. Estás guapísima. —Filo le saca la lengua.

Lena aparece por arriba y observa. Entre todos busca a Liam. No lo ve. Ve a Ethan, hay ocho chicas alrededor de él. No lo dejan. Ve como Ethan llama a Jaina con el brazo, intentando que le salve. Ve como ella se niega. Eso le hace reír, ha hecho bien en venir. Airo la ve desde abajo y la llama. Lena baja.

Airo la observa con su vestido.

—Iluminas la sala más que nadie. —Airo tiene dos copas en la mano, lo ha hecho a propósito. Se la ofrece. Ella la coge con gesto de gratitud—. ¿Cómo estás?

—Bien, más o menos. —Lena toma un trago—. Bueno, como vosotros. Aunque estoy preocupada, no tengo luz.

—No lo recordarás, pero la última vez tampoco. Estuviste un mes en coma, tardaste en recuperarte, pero lo hiciste, no te preocupes. Volverá.

—Pero sin luz… —Lena piensa que puede ser una carga, que no servirá para su propósito.

—Déjanos a nosotros, tú ya has hecho demasiado. —Airo le sonríe, eso la tranquiliza, al menos, un poco.

—¿Has visto a Liam? —Lena sigue buscando con la mirada, sin éxito.

Todos se están divirtiendo, la fiesta ha sido una buena idea.

Annete está rodeado de unos cuantos científicos, la acribillan a preguntas. Ella se siente popular y saca pecho mientras cuenta lo visto. Eso le recuerda que recuperó unos papeles en el túnel, los tiene que estudiar. Tendrá que ponerse con ello mañana.

Filo come casi tanto como Gerd e intenta imitar algún baile, con desastroso resultado. Jaina habla con numerosa gente. Algunos bailan, Ethan no ha conseguido zafarse de sus seguidoras y baila con una de ellas, una realmente guapa.

Lena no baila, sigue buscando a Liam, pero a cada paso alguien la detiene, le habla, la alaba. Lena es muy educada, pero al poco corta a los que la paran. Tiene ganas de seguir buscando.

Sale por una puerta lateral, a un balcón. ¿Se habrá ido a dormir? Se apoya en una barandilla a ver la noche. Mira las estrellas, la película de luz tenue de la esfera creada por la farola siempre dificulta poder verlas bien, pero crea una imagen preciosa en la noche. Y entonces lo ve. Abajo, en la distancia, en un campo de entrenamiento, Liam entrena. Intenta hacer movimientos como los de Ethan, cae y se levanta. Se maldice a sí mismo. Continúa. Lena baja, le cuesta andar por la tierra con su vestido, pero le da igual.

Cuando llega, se queda de pie, en la entrada, no quiere molestarlo. En uno de los movimientos Liam se da cuenta de que Lena está ahí y para, como avergonzado.

—Hola. —Lena le dedica una sonrisa—. Perdona, no quería molestarte.

—Hola. —Liam la mira, como a un ángel. Ella está deslumbrante. Es un ser tan hermoso, tan perfecto, que se siente abrumado. Se vuelve a sentir igual que siempre y ya no puede aguantarlo, así que intenta irse.

—¿No quieres venir a la fiesta un rato? Me gustaría… —Lena quiere estar con él, quiere verle sonreír. Liam la interrumpe.

—No, estoy cansado, la rodilla me sigue molestando. —Liam prácticamente no la mira—. Creo que debo descansar. —Liam comienza a caminar hacia palacio, hacia los aposentos.

—Liam… —Lena no se ha dado la vuelta, le habla de espaldas. Le ha cambiado la cara, y no quiere que la vea. Liam se para. Por primera vez en su vida Lena no sabe qué decir, no entiende a Liam, no sabe si él siente agrado por ella o si la detesta. Duda y el miedo la invade por la posible respuesta, miedo a que sea evidente que no la quiere, así que no dice nada. Liam se marcha.

A la mañana siguiente se preparan para partir hacia Angelare, esta vez, por zona protegida.

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